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https://convivencia.files.wordpress.com/2012/11/arquero.jpeg?w=200&h=300El arquero
 “Tras ganar varios concursos de arquería, un arrogante y joven campeón retó a un reconocido maestro zen en el arte del arco.
Con su primer disparo el joven dio en pleno centro de la diana; su siguiente flecha partió en dos la primera.
– ¡A ver si eres capaz de igualar eso! – le dijo al maestro.
Inalterable, el anciano en lugar de sacar sus flechas invitó al joven a que le siguiera hacia lo alto de una montaña. Pararon al llegar a lo alto de un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco.
El maestro caminó tranquilamente hasta el centro del tronco, eligió a lo lejos un árbol como blanco y disparó un tiro limpio y certero.
– Ahora es tu turno, joven campeón – dijo el anciano mientras saltaba serenamente a tierra firme.
Ante el pavoroso precipicio, el joven fue incapaz siquiera de dar un paso sobre el tronco y menos aún lanzar una flecha.
– Eres muy hábil con el arco- expresó con amabilidad el maestro- pero tu mente es débil y hace a tus flechas siervas de tus temores.

 


 

Fábula del búho

Imagen relacionadaUna vez, llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio, y explicó a todos los demás animales las costumbres de los humanos.
Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto…
La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.
Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes que, de este modo, serían su propio jurado.
Así fue. Todos los animales, incluido el hombre, subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.
Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel "transparente acto electoral", "gala del voto universal y secreto" y  "ejemplo de vocación democrática", como había oído decir a los políticos de las ciudades.
Uno de los ancianos sacó el primer voto y, el búho, ante la emoción general, gritó: "¡el primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!".
Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.
  — Segundo voto: ¡el burro!   Desconcierto general.
  — Tercero: ¡el burro!
Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.
Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.
Y así, sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por "libre elección del imparcial jurado", que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.
Y fue declarado como "la mejor voz de la selva y alrededores".
El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquél que no podía representar amenaza alguna.
  La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre que, cómo no, había votado por sí  mismo.  


 


 
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La Roca en el Camino

En un reino lejano, hubo una vez un rey que colocó una gran roca en medio del camino principal de entrada al reino, obstaculizando el paso. Luego se escondió para ver si alguien la retiraba.
Los comerciantes más adinerados del reino y algunos cortesanos que pasaron simplemente rodearon la roca. Muchos de ellos se quedaron un rato delante de la roca quejándose, y culparon al rey de no mantener los caminos despejados, pero ninguno hizo nada para retirar el obstáculo.
Entonces llegó un campesino que llevaba una carga de verduras. La dejó en el suelo y estudió la roca en el camino observándola. Intentó mover la roca empujándola y haciendo palanca con una rama de madera  que encontró a un lado del camino, después de empujar y fatigarse mucho, finalmente logró apartar la roca.  Mientras recogía su carga, encontró una bolsa, justo en el lugar donde había estado la roca. La bolsa contenía una buena cantidad de monedas de oro y una nota del rey, indicando que esa era la recompensa para quien despejara el camino.
El campesino aprendió lo que los otros nunca aprendieron:
Cada obstáculo superado es una oportunidad para mejorar la propia condición.

 

 

 

 

 

 

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